Uso ético de la IA en la educación: charla en la I.E. Blanquizal
Soy Alejandro Botero, CEO de Solaris BPO, y el jueves 28 de mayo de 2026 estuve en la Institución Educativa Blanquizal, en Medellín, acompañando a su comunidad con una charla que titulé “IA – Doble Moral Académica”. Frente a los estudiantes de bachillerato abrí una conversación honesta sobre la inteligencia artificial: cómo nos ayuda y cómo nos afecta al mismo tiempo, y por qué la pregunta ya no es cómo prohibirla, sino qué hacer con ella.
Comparto acá las ideas centrales de esa charla, porque creo que merecen quedar por escrito y llegar a más familias, docentes y rectores que hoy enfrentan el mismo dilema en sus aulas.
¿Por qué estuvimos en el colegio Blanquizal?
En Solaris BPO trabajamos cada día con instituciones educativas a través de nuestro servicio de cobranza educativa. Ese vínculo me dejó una convicción: nuestro compromiso con los colegios no empieza ni termina en la gestión de cartera. Una institución educativa sana es una comunidad acompañada, escuchada y respaldada.
Por eso decidí llevar a las aulas un tema que hoy desvela a docentes y padres por igual. No fui a vender un servicio: fui a aportar. Acompañar a la comunidad educativa, ganar la confianza de colegios y familias, y poner nuestro conocimiento al servicio de quienes forman a las próximas generaciones es parte de cómo entendemos nuestro trabajo.
”IA – Doble Moral Académica”: el dilema que planteé
La inteligencia artificial existe desde mediados del siglo pasado, pero hoy la llevamos en el bolsillo todo el tiempo. Y ahí aparece la ironía: en el mundo industrial avanza a una velocidad vertiginosa, mientras que en la educación avanza a paso de tortuga. Justo donde más rápido debería evolucionar el entendimiento de su uso.
El dilema que les planteé a los estudiantes es real. Por un lado, muchos manuales de convivencia prohíben los dispositivos en el aula. Por el otro, el mercado laboral exige cada vez más un manejo básico de herramientas tecnológicas: grandes empresas tecnológicas ya están reduciendo personal para reinvertir en automatización con IA. Entonces, ¿la escuela debe seguir formando como hace 20 años o debe enseñar a usar estas herramientas con criterio?
Frente a eso propuse un cambio de marco. La IA no es en sí misma una competencia positiva ni negativa: lo que define su valor es la decisión de cada persona. Y hay dos caminos posibles: seguir investigando como hace dos décadas, o aprender a trabajar con ella de forma ética, regulada y orientada al aprendizaje profundo.
El espejismo del conocimiento
Una de las formas más negativas de usar la IA es creer que tenemos el conocimiento en la cabeza solo porque tenemos la respuesta en la pantalla. A ese efecto lo llamé “el espejismo del conocimiento”: le pedimos a la IA que resuelva el taller, leemos por encima, copiamos, pegamos y entregamos. ¿Pero cuánta de esa información retuvo realmente nuestro cerebro?
En la charla compartí un estudio reciente atribuido a investigadores de la Universidad de Oregon, que describe cómo la confianza y el uso rutinario de la IA generativa pueden debilitar tres capacidades clave: la reflexión profunda, la necesidad de comprender y el pensamiento analítico. El resultado de ese debilitamiento tiene un nombre: desconexión cognitiva.
Esto se conecta con el “efecto Google”: el cerebro humano está programado para la descarga cognitiva. Nos volvemos menos propensos a recordar algo cuando sabemos que podemos acceder a ello fácilmente a través de un sistema externo. La pregunta que le lancé al público lo resume todo: ¿cuántos números de teléfono se saben hoy de memoria?
El riesgo no es teórico, y no es solo de las personas mayores. Los estudiantes de hoy son la primera generación que crece entre la IA y los algoritmos, y por eso son quienes más exposición tienen a un déficit de memoria y de aprendizaje profundo si delegan todo en la máquina.
Auditar el algoritmo: de dónde salen las respuestas
Cuando le entregamos a la IA nuestras preguntas para que nos devuelva respuestas, pocas veces nos preguntamos de dónde provienen esas respuestas. Por eso introduje la idea de auditar el algoritmo: revisar la veracidad de lo que la herramienta nos entrega.
La IA aprende leyendo enormes cantidades de páginas web, libros, artículos, foros y código. Y ahí nacen los sesgos:
- Si la información histórica contiene estereotipos, la IA los aprende.
- Si no hay suficientes datos sobre ciertos grupos, la IA puede generalizar mal.
- Si las reglas con las que se entrena son imperfectas, la IA puede distorsionar resultados.
La conclusión es simple: las respuestas de la IA reflejan los datos con los que fue entrenada, para bien o para mal. No podemos confiar en ellas al 100% sin verificar.
IA y derechos de autor: la línea fina del plagio
Aquí planteé una pregunta incómoda: ¿están seguros de que la información que copian de la IA es libre y puede usarse para cualquier propósito? La respuesta corta es no.
Los derechos de autor en el mundo parten de una premisa: el autor es una persona humana. La IA no lo es; predice patrones a partir de textos e imágenes creados por personas, y muchos de esos contenidos están protegidos. Si pedimos una respuesta, hacemos copy-paste y la presentamos como trabajo propio, caemos en plagio.
Y les advertí algo serio a los estudiantes: lo que hoy parece inofensivo puede tener consecuencias graves en la universidad, donde el plagio se sanciona con suspensiones y donde la apropiación de obra ajena puede configurar incluso una conducta con consecuencias legales. El respeto a la propiedad intelectual no es un detalle: es un asunto que, llevado al terreno corporativo, corresponde al campo de la asesoría legal y del cumplimiento normativo.
De usar la IA “para no pensar” a usarla “para pensar mejor”
El cierre de la charla no fue una prohibición, fue una invitación. El problema no es que los estudiantes usen la IA: el problema es entrenar a una máquina para que piense por ellos justo en la etapa de la vida en la que su cerebro tiene mayor capacidad de crecer y hacer conexiones.
Usé una imagen que quedó resonando en el auditorio: usar la IA para resolverlo todo es como pagarle a alguien para que haga tu rutina en el gimnasio. En el papel dirá que entrenaste, pero tu cuerpo no cambió. Si la IA levanta todo el peso intelectual, la tarea quedará “hecha”, pero la mente se quedará en el mismo lugar.
Por eso les propuse darle vuelta al uso de la herramienta:
- Usar la IA para explorar fuentes reales, no para reemplazar la lectura.
- Pedirle que ayude a comprender conceptos difíciles, no a evitar entenderlos.
- Escribir trabajos que merezcan ser firmados como propios.
Cerré con un reto personal para cada estudiante: la próxima vez que abran la IA, que se pregunten si la están usando para pensar mejor o para no pensar. Esa pregunta, repetida todos los días, es lo que de verdad va a diferenciarlos en el futuro. No la nota. Su capacidad de pensar por sí mismos.
Nuestro compromiso con la comunidad educativa
Quiero agradecer a la Institución Educativa Blanquizal (a sus directivas, docentes y estudiantes) por abrirnos el espacio y recibirnos con tanta generosidad. Espacios como este son los que hacen posible una conversación honesta sobre los retos que enfrenta la educación hoy.
Salir del escritorio y conversar con estudiantes reales me recordó por qué hacemos lo que hacemos. Acompañar a los colegios es, para nosotros, mucho más que un servicio: es una relación de confianza con quienes sostienen la educación del país.
Aunque se salen de nuestro núcleo de negocio, charlas como esta nacen de nuestro interés por acercarnos a la comunidad educativa y son nuestra manera de aportar y de construir confianza con el sector. En lo que sí ponemos nuestra experiencia al servicio de los colegios es en la gestión de cartera: si usted dirige o administra una institución educativa, lo invito a conocer nuestro servicio de cobranza educativa.
Alejandro Botero es CEO de Solaris BPO, firma colombiana especializada en cobranza y gestión de cartera para los sectores educativo, inmobiliario y comercial.